¡Quiero darle gracias al compadre Ortega-Cuevas por la edición!
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Hace algún tiempo le prendí fuego a una iglesia. No la llegué a quemar; sus cortinas, sus bancas, sus cruces ardieron como el infierno mismo. El edificio no se vino al piso, pero pareció hacerlo. En el fuego sólo hubo una muerte, una joven mujer. Muchos fueron los heridos, pero muchos más los ilesos. Mi madre no supo que lo hize, ni mi familia tampoco. Algunos me vieron tomar la vela, y usarla como el arma mortal. A la verdad que no fue mi intención herir a nadie, pues apenas era un niño. ¡Sólo quería destruir ese lugar! Esta es mi confesión, padre, pues al infierno no quiero ir. ¿Hijo, por qué cometiste tal barbaridad? Explícame como pudiste ser capaz de tanto mal. Sí, sé a cuál iglesia te refieres, y por eso tendrás que pagar ante la justicia divina. Padre, hoy confieso que no creo en su religión, que no creo que es verdad. Si lo hice, es porque nunca creí. Era un niño cuando sucedió, pero aun desde tan pronto en la religión, no creí. ¡Hijo! ¿Cómo puedes decir esas insolencias? Si por eso lo hiciste, un engendro del demonio debes ser. ¡ Si no te arrepientes, jamás tendrás perdón! Padre, hoy me arrepiento de haber quemado la Iglesia, pero no por el daño causado a tal santuario, sino por los que herí, y por la mujer que descendí a ultratumba. Sus vidas ya no son más, y aunque no creo en la Iglesia, en ellos sí. El hacer tal daño fue un acto egoísta, una niñería. El problema padre es que no quería aceptar el que esa iglesia fuera madre de tanto retraso espiritual, y que tal lugar de adoración no le permitiera a la gente conseguir su libertad humana, que no les ayudara a adorar su humanidad. Era la prisión de mi madre, mi padre, y de los demás. Quería liberarlos de sus vidas sin Dios, quería ser el nuevo Cristo para ellos. Aún así me equivoqué, pues no vi que sus vidas, en el engaño, eran suficientes; que la felicidad de mis padres dependía de lo que para ellos no era una Iglesia, sino el refugio de sus almas. Para ellos su ceguera espiritual era un oasis en el desierto de esta vida, era la razón de su verdadera naturaleza humana.¡Cuán cruel fui en hacer tal daño! ¡Hijo, eres el mismo anticristo! ¡Cómo puedes pensar de esa manera y decir que traes salvación! ¡Cómo puedes hablar así de la santa institución divina! ¡Que nuestro Señor se apiade de ti y de todos los que viven como tú! Padre, que Dios se apiade de la Iglesia, pues ella no es su representante. Dios compite con la Iglesia en la salvación de almas. Jesucristo mismo compitió con los fariseos en salvar al pueblo, hoy compite con la Iglesia moderna. ¿Hijo, no entiedes que Dios creó la Iglesia moderna? Padre, Jesucristo creó la iglesia moderna con hombres, pero ésta se corrompió, se hizo de oídos sordos y negó a Dios, mintió al pueblo y puso un manto en el cielo para tapar el sol. La Iglesia, aun cuando establecida divinamente, corre en sus venas el hombre. Aun así, mi deseo de destapar la iglesia es en vano, y hacerlo sólo hará ciegos físicos de los ciegos espirituales. Pecado del cual jamás yo me perdonaría, misión que hoy termino. A la verdad que no te entiendo hijo, no sé de qué hablas. No sé si quieres arrepentirte, o no. Sólo me parece que tu confesión es vana, pero mortal. No es vana padre; tampoco mortal. Mi confesión es humana, es moral. Incendiar la Iglesia fue una purificación personal, fue una purificación eterna. Paz recibí al hacerlo, pues de las cenizas el fruto que comí me dio vida. Aun así, ese día muchos quedaron heridos; ella muerta. Salvador no fui, salvador no soy. La misericordia sea con ellos, la misericordia según Dios. Si he de morir hoy, mi confesión será este testamento redentor, pues no quize destruir a nadie, sino redimirlos. Que sea mi confesión el testimonio de mi inocencia, pues no soy culpable de pecado contra Dios, sino contra aquellos que jamás regresaron a confesarse. A ellos les debo mi arrepentimiento y con estas palabras lo suplico. He destruido sus vidas, he quemado sus templos, y estos edificios son atormentados por malos espíritus. Yo vivo en el infierno, fuego peor que éste no existe, me hace arder poco a poco como si no quisiera acabar conmigo. Mi espíritu no descansa, es vagabundo, pero hoy me desato con esta confesión. Hijo, si eso buscabas, no es aquí que debiste hacerlo, no es esta tu iglesia. Te has equivocado de lugar, y debes salir. Hoy llego al cielo padre, hoy me redimo de aquellos que sufrieron, y espero en Dios que los redima igual. Sea esta mi oración de santo no común, que permita que vuelvan a construir la Iglesia abandonada. Padre, que mi arrepentimiento sea ejemplo para aquellos que como yo queman Iglesias, y lo hacen con la vela, y luz, de la misma. Aún si nunca me entienden, éste es mi legado. Discutan los abogados mi herencia, pero más clara no puede ser. Hijo, te digo algo; creo entenderte, pero no puedo permitir lo que quieres. Fíjate que si dejo encubrir tu resolución, muchos más serán heridos. La quema de la Iglesia será aún mayor, y todo será total caos. Fíjate en lo que dices, si es que te entiendo, aún quemas la Iglesia, ese fuego no se ha consumido en ti, parece eterno. Con esta confesión eres libre de tu falta temporal, pero si esto es publicado, otros decidirán continuar tu acto eternamente. Esto llegará a ser una ideología, y muchos más serán los muertos, y los heridos. Incendios habrá por doquier, y la tala continuará como ha sido en el pasado, por eso no puedo aceptar tu confesión. ¡Este no es el lugar, este no es el momento! Padre, no me diga que usted ha muerto igual. Hijo, soy un muerto en vida, y mi templo no puedes quemar, pues está enterrado en lo más profundo del suelo, es una derrumbada hermita. Entonces padre, usted ha sido capaz de eregir monumentos de arena, cuando usted no tiene ni hogar. Yo quiero arrepentirme, y quiero demostrar que no hay valor alguno en destruir iglesias. Seré no el primero, sino el último, pues todos tomarán mi testamento como constitución para conservar estas estructuras de cemento, que se erosionan, pero proveen hogar a los que no tienen techo. Así es como me redimiré, y como hoy encontraré paz, pues seré la lupa con la que se mirará el asunto. Ve con Dios entonces, hijo.
Así es padre, desde hoy vivo en el cielo, y mi apocalipsis será esta confesión.

